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viernes 18 de septiembre de 2009

La leyenda del Holandés Herrante - Acto I


La "tormentosa" obertura prepara la atmósfera para la primera escena de la ópera, en la que se ve a un barco noruego que acaba de llegar, tras una violenta tempestad, a las abruptas costas de Noruega.


El capitán, Daland, se apercibe que el lugar en que se ha visto obligado a refugiarse no está muy lejos del puerto al que quería llegar. Dejando a un timonel a cargo de la nave, él y los marineros bajan a tierra en busca del necesario y merecido descanso. El timonel trata de permanecer despierto, cantando una balada: "Mit Gewitter und Sturm" ("A través de la tempestad y la tormenta"), pero finalmente es vencido por el sueño.


Se aproxima ahora un barco fantasma, con velas de color rojo sangre y mástiles negros. Se coloca al costado del otro barco, causando la inquietud del timonel noruego. El capitán del barco fantasma, que no es otro que el legendario "Holandés errante" salta a tierra y canta la terrible maldición que pesa sobre él.


En una ocasión, rodeando el Cabo de Buena Esperanza, durante una terrible tormenta, invocó la ayuda del Diablo para salir de ella, y en consecuencia, su destino es navegar incesantemente hasta el Día del Juicio, a menos que encuentre una mujer "fiel hasta la muerte"; por ello, cada siete años puede volver a tierra y buscar la mujer que le redima. Y uno de esos períodos se cumplía ahora. Su triste relato es acompañado por el eco de la tripulación.


Daland vuelve a su barco y despierta al timonel, quien le muestra el barco fantasma, en cuyo torno sólo hay un silencio espectral. Entonces, Daland ve al propio Holandés. Los dos capitanes hablan; el Holandés cuenta su tormento a Daland y le pide su amistad y que le acoja en su casa, que está muy cerca de allí, ofreciéndole a cambio un estuche con magníficas joyas.


El Holandés averigua que Daland tiene una hija y le solicita su permiso para hacerla su esposa ("Sie sei mein Weib"), a lo cual Daland da su consentimiento. En un dúo, Daland muestra su contento ante la perspectiva de grandes riquezas y el Holandés ante la posibilidad de encontrar por fin la paz de su alma. Entre tanto, la tormenta ha amainado y el timonel anuncia un favorable viento del sur ("Süd-wind!"). Daland y sus marineros levan anclas y ponen rumbo a su puerto de destino, mientras que el Holandés promete seguirlos tan pronto como su tripulación haya descansado. Los noruegos cantan jubilosamente, mientras su nave se pone en movimiento.


Fuente: Amarre, historias del mar.

La leyenda del Holandés Herrante - Acto II


En una sala de la casa de Daland, Senta, sus amigas y la vieja nodriza de Senta, Mary, cantan mientras trabajan con sus ruecas ("Coro de las Hilanderas").

Solamente Senta, la hija de Daland, no hila; su preocupación se centra en un cuadro colgado en la pared y que representa al Holandés errante. Mary la regaña por su ociosidad, y las amigas la embroman por su interés en el Holandés, cuando tiene un pretendiente, Erik, el cazador. Senta pide a Mary que le cuente el relato del Holandés, a lo que la anciana se niega, por lo que Senta canta sobre la maldición y la esperanza de redención ("Balada de Senta").

Las amigas se le unen en su canción. Finalmente a Senta le asalta la idea de que ella podría ser la mujer que salvara al Holandés, ante el espanto de todos los presentes, incluido Erik, que acaba de entrar y ha escuchado la balada de Senta.

Erik dice entonces que el barco de Daland está entrando a puerto, lo que causa la alegría de todas las muchachas, que esperan volver a ver a sus amigos los marineros, en tanto que Mary les recuerda sus deberes domésticos.

Salen Mary y las amigas de Senta y queda ésta a solas con Erik. En un dúo, él pide a su amada que le prometa serle fiel, pero ésta rehúye la respuesta y sólo manifiesta su deseo de salir en busca de su padre. Habla a Erik de su compasión por el Holandés: se siente profundamente preocupada y refiere el sueño que ha tenido, en el cual vio a su padre que llegaba con el Holandés, y que vio también cómo ella y el marino errante se abrazaban y se marchaban juntos. Y termina diciendo que está segura de que su destino le lleva a salvar al Holandés, lo que provoca la desesperación de Erik.

Sola en escena, Senta canta delicadamente el estribillo de su balada; se abre entonces la puerta y penetra en el escenario su padre, acompañado del Holandés. Los ojos de Senta permanecen clavados en los del marinero, mientras que su padre la saluda. Daland se siente desconcertado al ver que su hija no corre a abrazarlo, como solía hacer; después, hace un elogio del huésped, pidiendo a Senta que lo reciba con afecto y que consienta en ser su esposa.

El Holandés y Senta siguen mirándose fijamente el uno al otro, como embelesados, en un silencio expresivo. Daland, perplejo y no demasiado complacido por su aparente frialdad, se marcha, dejando solos a Senta y al Holandés.

Éstos, como fuera del mundo, apenas pueden creerse que sus sueños van a poder cumplirse. Y su mutuo amor aparece sin duda alguna: "Wie aus der Ferne" ("Como si de lejos"). Cuando Daland regresa muestra su satisfacción al ver que su hija ha aceptado al Holandés como su futuro esposo y que podrá anunciar el compromiso en una fiesta.

Fuente: Amarre, historias del mar.

La leyenda del Holandés Herrante - Acto III


En la bahía, visible desde la casa de Daland, aparecen los dos navíos.


El del Holandés envuelto en una quietud espectral, el de Daland lleno de luces, bajo las cuales los marineros cantan y bailan con entusiasmo: "Steuermann, lass die Watch" ("Timonel, deja la guardia"). Las jóvenes noruegas llegan portando alimentos y bebidas. Piensan hacer también partícipes de ello a los marineros del silencioso barco holandés (los noruegos atribuyen el silencio de los tripulantes a que están sedientos), pero no obtienen respuesta alguna a sus llamadas, que repiten una y otra vez, cada vez más alto.


Finalmente, se sienten llenas de miedo, especialmente cuando los marinos noruegos sugieren jocosamente que este barco recuerda el del legendario Holandés errante.


Cuando los marineros noruegos han saciado su hambre y su sed se acercan al barco holandés. De repente aparece a bordo de éste una siniestra llamarada azul; la espectral tripulación vuelve a la vida, entonando un salvaje coro, mientras los vientos silban y el mar se encrespa alrededor del navío. Los marineros noruegos, confusos y asustados, reanudan sus cánticos. Finalmente, pensando que aquello sea cosa del diablo, hacen la señal de la cruz y se alejan, ante las carcajadas espectrales de la tripulación del barco fantasma.


La calma renace en el momento preciso en que Senta sale de su casa, seguida por Erik, muy agitado, que le reprocha su conducta hacia él. Le pide que recuerde la promesa de eterno amor que Senta le hizo y que ella recuerda con terror. Erik vuelve a recordar a Senta sus solemnes promesas. Se acerca ahora el Holandés (en el que Erik reconoce al hombre de los sueños de Senta, cuyo rostro era el mismo del cuadro colgado en la pared), escucha la conversación entre el cazador y la muchacha y cree que Senta no es sincera con él, e inmediatamente determina hacerse de nuevo a la mar. Cuando el Holandés la recrimina por su supuesta deslealtad, ella le pide que se quede, mientras Erik ruega a Senta que deje que el Holandés se marche.


Antes de partir, el Holandés le dice a Senta quién es él; ella le responde que ya lo sabía y que intenta salvarle de la terrible maldición. Ante Daland, los marineros noruegos y las muchachas, que han salido rápidamente, proclama su identidad como el Holandés errante. Entretanto, su tripulación se prepara para zarpar; él se sube al barco y éste inicia su salida. Senta entonces, se sube a un acantilado y llama al Holandés; después se arroja al mar. En ese instante, el barco fantasma es tragado por un tremendo remolino. En la luz del atardecer, los espíritus de Senta y del Holandés errante surgen de los restos del barco naufragado y suben a lo alto.


Fuente: Amarre, historias del mar.

Un Cristóbal Colón inédito


El Dr. Marcelo Levinas, Dr. en Física y profesor de Filosofía de la UBA, es autor del libro "El último crimen de Colón" que describe al Gran Almirante como nadie lo hizo hasta ahora.

Basándose en el diario de bitácora del marino e investigaciones propias, Levinas plantea con inusual crudeza que la historia, al ser escrita por los hombres, puede ser una gran mentira o un gran invento. La incógnita queda en manos del lector.

Además lo describe a Colón como erudito, ambicioso, inescrupuloso... y alcohólico. Revela el libro, además, los móviles ocultos que tuvo la expedición y plantea que Colón sabía que había puesto proa a un nuevo continente y no a las Indias.

También sabía de la existencia del océano Pacífico que, sin embargo, fue oficialmente descubierto cinco años más tarde que su travesía a estas tierras.

La entrevista se difundió en "Del Dicho... al Hecho" que se emite de lunes a viernes, desde las 14, por La Red 101.9 con la conducción de Carlos Guardiola y de Cristina Garbiero.

Fuente: Portal Informativo - 0291.com.ar (02/03/2009).

Sobre barcos, marinos y libros


Desde que accedí al privilegio de viajar en un velero propio, con el que suelo moverme por el Mediterráneo -navegar por ese mar venerable es hacerlo por la propia memoria- cuando subo a bordo sólo llevo libros relacionados con la navegación: novela, ensayo marítimo, historia naval, exploraciones o maniobra.

Desde las series marineras de Patrick O’Brian, Forester o Kent a Ferdinand Braudel, pasando por los grandes nombres, Conrad, Melville y compañía, las memorias del capitán Alonso de Contreras, la Naval Chronicle o las relaciones de las campañas navales napoleónicas, La Cacería de Alejandro Paternain, la Odisea, el periplo del cartaginés Hannón o El cazador de Barcos de Justin Scott, eso incluye todo cuanto sobre el mar se ha escrito y llega a caer en mis manos.

Cualquier otro libro está proscrito a bordo, y en caso de ser descubierto como polizón es pasado en el acto por la quilla. Las tradiciones son las tradiciones, aunque sea uno mismo quien se las invente; y en el mar, mucho más que en tierra firme. Fue así como Kanaka, novela marítima de Juan Bautista Duizeide, plenamente ortodoxa en cuanto a materia narrativa, me hizo oportuna y buena compañía en cierta ocasión, durante un recorrido otoñal entre la costa española y las islas Eólicas, donde el Strómboli, rumbo a Nápoles.

La lectura fue grata, el viaje no tuvo más vientos equivalentes o superiores a fuerza 7 que los inevitables en esa época del año, y llegué a la última página con la melancolía de quien se despide de un viejo amigo, justo cuando me hallaba en lugar tan añejamente literario como el que los antiguos navegantes situaban, con respetuoso temor, entre Scylla y Caribdis; y donde hoy, bajo el más prosaico nombre de estrecho de Messina, el principal peligro para el marino no es ya la furia de los elementos o la cólera de los dioses, sino los ferrys que, a veinte nudos de velocidad, cruzan a cada momento entre Sicilia y la península italiana.

Contraje durante aquellos días, de isla en isla y de volcán en volcán, una deuda de gratitud con Juan Bautista Duizeide. Y dedicar unas pocas líneas a la presentación de esta antología, Cuentos de navegantes, es una forma de poner, al menos en parte, las cosas en su sitio. Para ser del todo consecuente, la lectura de las páginas de pruebas, que me envió a España su editor y el mío en la Argentina, mi amigo Fernando Esteves, también la hice a bordo; esta vez no entre singladura y singladura italiana, sino fondeado durante la pasada Semana Santa en Ibiza, islas Baleares, al socaire de un temporal de Levante que hacía imposible asomar la proa fuera de la cala donde había echado dos anclas engalgadas, sintiéndome muy aliviado de poder hacerlo, en seis metros de sonda con cincuenta y cinco de cadena -que era, en realidad, cuanta cadena llevaba a bordo-. Tuve así tiempo, durante aquellos tres días sin otra ocupación que vigilar no garrease el fondeo, de leer despacio cuanto en este volumen, ahora en manos del lector y ya editado como Dios manda, viene a continuación. Y tal vez sea que me ciega la pasión, o la afición, o como diablos se considere el asunto náutico; pero lo cierto es que permanecí atornillado -trincado, diría un marino- a sus páginas, entre otras cosas porque más de la mitad de estas historias breves, incluso los dos tercios, si ceñimos mucho el viento, me eran completamente desconocidas.

Así que las cosas se han complicado por mi parte con el antólogo responsable del asunto: ocuparme de leer y prologar modestamente esos relatos no sólo no equilibra mi deuda con él, sino que la incrementa. El trabajo de rastreo y selección resulta oportuno e impecable, y su resultado es de una belleza que sabrán apreciar tanto los lectores aficionados al mar como los que se conforman -cada cual tiene sus gustos, y en materia de gustos no me meto- con mantener asentados los pies en una tierra firme que, lamento ser aguafiestas, no es en realidad tan firme como parece. Me encanta, por cierto, el detalle de registrar casi notarialmente, negro sobre blanco, que los escritores anglosajones no tienen, pese a la tradición y a una fama por otra parte merecidísima, el monopolio de la buena literatura escrita sobre el mar. Los textos de Maupassant, de Schwob o del entrañable Pierre Mac Orlan demuestran que también en otras lenguas hubo y hay mucho que decir al respecto. En cuanto al idioma extraordinario, bellísimo, que hablan cuatrocientos cincuenta millones de personas en España y América, también se encuentra aquí dignamente representado: Arlt, Borges, Mutis, Coloane, García Márquez, Quiroga y otros. Que se dice pronto. No están todos los autores ni todos los relatos navales que merecen estar, por supuesto; pero ésta es sólo una antología -decir limitada sería una redundancia-, y a ese efecto resulta objetivo cumplido y más que suficiente. O a mí me lo parece.

Por todo eso, envidio la oportunidad que se ofrece al lector de este volumen de enfrentarse por primera vez, si es que las desconoce, a las historias que le aguardan amarradas, fondeadas, navegando, al garete o en las profundidades del mar, en cada una de estas líneas y en cada una de estas páginas: el enamorado que se embarca para olvidar, el thriller náutico, la capitana pirata, la Tierra del Fuego, la Patagonia chilena, el ansia de partir, el naufragio, el Río de la Plata, el mercante desaparecido, el buque fantasma, la lucha con el mar, el encuentro inquietante, el puerto, la dama misteriosa, el gaviero, el diálogo filosófico-humorístico entre el capitán y el oficial de un buque a punto de hundirse… Mar y marinos, peripecias, aventuras, reflexiones, vida y muerte en los escenarios sobre los que el hombre navega y escribe desde que existe su memoria. Una forma estupenda de adentrarse en la vasta, inmensa geografía de la literatura naval. Así que, si aceptan un humilde consejo, busquen el lugar adecuado: un sillón cómodo, un hueco en la arena de la playa, un banco frente al mar, la cubierta de un barco, un puerto, la orilla de un río, el lugar del autobús donde, inclinados sobre las páginas de un libro, nadie puede arrebatarnos los sueños.

Suban a bordo, lean y naveguen, si gustan. Como decían los viejos corsarios, les deseo buen viento, y buena caza.

Fuente: Arturo Pérez-Reverte, de la Real Academia Española.

Lord Byron


George Gordon Byron, sexto Lord Byron (Londres, 22 de enero de 1788 - Missolonghi, Grecia, 19 de abril de 1824) fue poeta inglés, considerado uno de los escritores más versátiles e importantes del Romanticismo.


Su fama no está solamente en sus escritos, sino que dejó constancia también por su vida extravagante y sus escándalos, como por ejemplo sus numerosas amantes, deudas, separaciones, acusaciones de incesto y sodomía. Lady Caroline Lamb dejó escrito, sobre él: "Loco, malo, y peligroso de conocer". Se involucró en revoluciones en Italia y en Grecia, en donde murió de malaria en la ciudad de Missolonghi.


Su hija Ada Lovelace contribuyó en la invención de la máquina analítica junto con Charles Babbage.


Byron tuvo un particular magnetismo personal. Consiguió la reputación de no ser convencional, ser excéntrico, polémico, ostentoso y controvertido. Muchos han atribuido sus capacidades extraordinarias a un trastorno bipolar, también conocido con el nombre de depresión maníaca.


Siempre fue ácido y cruel. Se inclinó por los desheredados, los marginados, los miserables como los corsarios y los cosacos, y todo lo demás era hipocresía: nobleza, sociedad, etc. Siempre defendió a los más débiles y a los oprimidos, por lo que apoyó a España frente a la invasión napoleónica, a la independencia de las naciones latinoamericanas y, por supuesto, a la libertad de su querida Grecia.


Fue un gran admirador de Rousseau. Tuvo gran afición por la compañía de los animales, como por su perro Terranova "Boatswain", en cuya tumba escribió:


"Aquí reposan

los restos de una criatura
que fue bella sin vanidad
fuerte sin insolencia,
valiente sin ferocidad
y tuvo todas las virtudes del hombre
y ninguno de sus defectos."

Pablo Neruda


Poeta chileno nacido en Parral en 1904. Huérfano de madre desde muy pequeño, su infancia transcurrió en Temuco donde realizó sus primeros estudios. Aunque su nombre real fue Neftalí Reyes Basoalto, desde 1917 adoptó el seudónimo de Pablo Neruda como su verdadero nombre. Escritor, diplomático, político, Premio Nobel de Literatura, Premio Lenin de la Paz y Doctor Honoris Causa de la Universidad de Oxford, está considerado como uno de los grandes poetas del siglo XX.


Militó en el partido comunista chileno apoyando en forma muy decidida a Salvador Allende. De su obra poética, se destacan títulos como «Crepusculario», «Veinte poemas de amor y una canción desesperada», «Residencia en la tierra», «Tercera residencia», «Canto general», «Los versos del capitán», «Odas elementales», «Extravagario», «Memorial de Isla Negra» y «Confieso que he vivido». Falleció en 1973.


La noche en la isla

Toda la noche he dormido contigo junto al mar, en la isla. Salvaje y dulce eras entre el placer y el sueño, entre el fuego y el agua. Tal vez muy tarde nuestros sueños se unieron en lo alto o en el fondo, arriba como ramas que un mismo viento mueve, abajo como rojas raíces que se tocan. Tal vez tu sueño se separó del mío y por el mar oscuro me buscaba como antes cuando aún no existías, cuando sin divisarte navegué por tu lado, y tus ojos buscaban lo que ahora -pan, vino, amor y cólera- te doy a manos llenas porque tú eres la copa que esperaba los dones de mi vida. He dormido contigo toda la noche mientras la oscura tierra gira con vivos y con muertos, y al despertar de pronto en medio de la sombra mi brazo rodeaba tu cintura. Ni la noche, ni el sueño pudieron separarnos. He dormido contigo y al despertar tu boca salida de tu sueño me dio el sabor de tierra, de agua marina, de algas, del fondo de tu vida, y recibí tu beso mojado por la aurora como si me llegara del mar que nos rodea.

Jorge Luís Borges


EL HACEDOR (fragmento) Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor.

Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica.
Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar.

Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra.

Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro. No sé cuál de los dos escribe esta página."


Fuente: El Poder de la Palabra.

Alfonsina Storni


Nació en Sala Capriasca (cantón suizo del Ticino) el 22 de mayo de 1892. A los cuatro años se trasladó con sus padres a Argentina. Vivió en Santa Fe, Rosario y Buenos Aires. Publicó siete libros de poemas: La inquietud del rosal (1916), El dulce diario (1918), Irremediablemente (1919), Languidez (1920), Ocre (1925), Mundo de siete pozos (1934) y Mascarilla y trébol (1938), además una Antología poética (1938) que contenía poesías inéditas y un libro de poemas en prosa, Poemas de amor (1926).


Terminó su vida suicidándose ahogada en la playa de la Perla en mar del Plata el 25 de octubre de 1938.


Alfonsina y El Mar

Por la blanda arena que lame el mar

tu pequeña huella no vuelve más,

un sendero sólo de pena y silencio llegó

hasta el agua profunda.

Un sendero sólo de penas mudas llegó

hasta la espuma.

Sabe Dios qué angustia te acompañó,

qué dolores viejos calló tu voz,

para recostarte arrullada en el canto de las

caracolas marinas.

La canción que canta en el fondo oscuro del mar

la caracola.

Te vas Alfonsina, con tu soledad.

¿Qué poemas nuevos fuiste a buscar?

Una voz antigua de viento y de sal

te requiebra el pecho y te está llamando.

Y te vas hacia allá, como en sueños,

dormida, Alfonsina, vestida de mar.

Cinco sirenitas te llevarán

por caminos de algas y de coral,

y fosforescentes caballos marinos harán

una ronda a tu lado,

y los habitantes del agua van a jugar

pronto a tu lado.

Bájame la lámpara un poco más,

déjame que duerma, nodriza, en paz,

y si llama él no le digas que estoy, dile que

Alfonsina no vuelve.

Y si llama él no le digas nunca que estoy,

di que me he ido.

Te vas Alfonsina, con tu soledad.

¿Qué poemas nuevos fuiste a buscar?

Una voz antigua de viento y de sal

te requiebra el alma y te está llamando.

Y te vas hacia allá, como en sueños,

dormida, Alfonsina, vestida de mar.

Fuente: Félix Luna.